Cristóbal Serra que estás en los cielos

Muchas veces pensamos que los sabios están es sitios lejanos pero puede suceder que en un piso de la prosaica Avenida Argentina de Palma, frente al Mercadona, habitara un hombre sabio: Cristóbal Serra (1922-2012). Fue un traductor y escritor malloquín que publicó una peculiar colección de obras, la mayoría de ellas tan difíciles de clasificar como su autor. Desde los treinta años vivió solo, en un retiro voluntuario en su piso de Palma, rodeado de libros y espíritus de poetas y profetas. Allí desarrolló una fructífera obra como traductor y escritor.

La particular percepción de la vida y la literatura de Cristóbal Serra lo convirtieron en un escritor de culto pero incomprendido. A menudo, caminó en la delgada línea que separa al genio de la locura. “Iba para desequilibrado pero me equiibré”, decía con risa de niño.

Serra que también era un “viajero sedentario” como demostró en “Viaje a Cotiledonia” o “Augurio Hipocampo” no soportaba la aceleración de los tiempos y pedía volver al ritmo del burro. Sentía una fascinación desemsurada hacia este animal, al que dedicó uno de sus libros, “El asno inverosímil”.

Cuando le preguntabas por Mallorca a Serra te contestaba en tono profético que somos “un pueblo que ha demostrado tener tendencia al materialismo. Y esa inclinación ha terminado por vencernos”. “Tanto materialismo es pavoroso. A la materia hay que sacralizarla un poco y tenerla más respeto”.

“Antes en Mallorca – afirmaba Serra melancólico- vivíamos una atmósfera completamente oriental que se ha esfumado. Era la “Isla de la calma” de Rusiñol que ya no podremos recuperar”.

Tenía un profundo amor por todo lo que es breve y pequeño. Descubrió que en la profundidad de las pequeñas cosas puedes encontrar pistas para resolver los grandes misterios. De ahí su sacerdocio aforístico. Sus libros “Diario de signos”, “Péndulo y otros papeles” o “Nótulas” son buenas muestras de que fue uno de los maestros indiscutibles del género. Un genio en el uso del lenguaje y la brevedad. “El gusano perdona al arado pero no al tractor”.

 

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