El Barranc de Biniaraix: la Capilla Sixtina de la “pedra en sec”

Una catedral orgánica al aire libre

Reportaje | Biniaraix. Mallorca.

A los pies del Puig l’Ofre, en Sóller, se encuentra el Barranc de Biniaraix, una catedral sin bóveda, salvo la celeste, realizada por mil arquitectos que sin plano han ido conteniendo la naturaleza, encauzándola y creando con ella. El resultado es una obra de ingeniería popular que, a través del esfuerzo y la tozudez de generaciones, ha crecido de manera orgánica, combinando caos y armonía.

Cada propietario en su parcela busca el punto justo entre adaptación y aceptación del medio, hasta el punto de que las paredes de piedra y la propia montaña se recrean mutuamente. Estamos acostumbrados a valorar obras académicas o artísticas pero… ¿somos capaces de valorar una obra de tecnología popular?

 

El camino es un escenario sonoro muy vivo donde cada día actúan muchos pájaros con el sonido de fondo de la caída del agua dulce. En el lugar se puede observar de cerca, casi con una lupa, cómo el ser humano y la naturaleza mantienen un pulso. Orden y caos. Una batalla que el ser humano se niega a perder y lucha desde que el tiempo es tiempo por contener y domesticar a la creación. Lluvia, viento y fuego contra el trabajo de la hormiga humana que coloca piedras, poda árboles, retira pinos… generación tras generación.

Ante la adversidad, “factor 4”
Este pulso eterno ha hecho que el Barranc sea considerado la Capilla Sixtina de la “pedra en sec”. La arquitectura popular se funde con la caída de dos torrentes. Uno que baja desde L’Ofre y otro desde Sa Font d’es Verger. Es un espacio de 166 hectáreas repartidas entre 70 propietarios. La mayoría sube a pasar el fin de semana para estar en contacto con la naturaleza, encontrar un espacio de contemplación, a recoger fruta o a cazar tordos con “filats”. O simplemente comer con los amigos.

Cada casa es un pequeño barco de piedra que surca el mar de la montaña y los bancales, a veces, parecen olas. Son casas mínimas. Una cocina y apenas un espacio con chimenea.

Pero hay algo a más, algo que a primera vista no se ve. Uno de los mayores valores del Barranc es la cultura de ayuda mutua. Las propias características del lugar impiden que los propietarios sean individualistas. Tienen que abrirse, “yo te ayudo a ti y tu me ayudas a mí”.

 

Barranc de Biniaraix
Barranc de Biniaraix

Los árboles son protagonistas en el Barranc. Los pinos -como las cabras- son una invasión, continuamente disputando el terreno a los olivos milenarios. Aún pueden verse algunos ejemplares de serbal, cerezo, nogal, boj, olmo, acerolo, murta… Antoni Font, biólogo y propietario de una pequeña casita,  me explica que en el Barranc, frente la adversidad, aplican el “factor 4” para ganarle la carrera a la entropía. Esta teoría consiste en intentar duplicar el bienestar usando la mitad de los recursos. Sería como hacer el doble de kilómetros con la mitad de gasolina. O en el caso del Barranc: hace unos meses una ventolera arrancó la ‘atzerolera’ (acerolo) de Can Catí, la más grande del Barranc y quizá de Mallorca. Esta importante baja se ha suplido sembrando cuatro ‘atzeroleres’ en el Barranc provenientes del programa ‘fruiters d’un temps’ impulsado por Slow Food Illes Balears.

 

“Agrofitness”, mover piedras con un enfoque lúdico

Cuenta Antoni que en el Barranc intentan regenerar “el paisaje de nuestra infancia mediante la recuperación de los usos tradicionales y, al mismo tiempo, homenajeamos a nuestros antepasados”.

También quieren hacer una reflexión sobre la pérdida de los antiguos oficios. Recientemente han realizado una réplica de un arado para utilizarlo con tracción animal, es decir, con burros. No han podido localizar a ningún herrero ni carpintero que haya hecho un arado antes: la cadena de conocimiento artesano se ha roto. Pese a ello están tratando de recuperar el eslabón perdido. Cuando lo consigan  de probarán el arado con las “someres” de Gori Reynés, -para muchos el alma del Barranc-. Y recuperarán la técnica tradicional y casi perdida de “llaurar amb bístia”.

Los actuales propietarios quieren llevar el testigo durante un tiempo y despertar el interés para que otros lo cojan después. Quieren provocar la apreciación emocional a través de la vivencia. Les gustaría crear un equipo permanente de mantenimiento que, con métodos tradicionales de custodia del territorio (poda, restauración de paredes…), y siguiendo el ritmo de las estaciones, ayude a los propietarios a mantener sus fincas. Quieren demostrar que las generaciones del siglo XXI, con toda su tecnología, pueden continuar la obra que sus antepasados hicieron con las manos desnudas.

 

La idea es hacer un proyecto colectivo que permita hacer aquellas tareas que no se pueden hacer individualmente. No hay rendimiento económico: las cosas se mantienen por sus valores intrínsecos, por el placer y el compromiso de cuidar el territorio y por aprecio emocional. No es un sitio rentable y esa es su mayor fortaleza y su mayor debilidad. Para ellos, el patrimonio que nos dejó la gente que creó este lugar merece el esfuerzo de luchar contra la entropía.

Salgo del valle convencido de que si en Mallorca hubiera Hobbits, habitarían este lugar…

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