Formentera, Dionisios y el Fauno.

Ficción | Formentera

Déjame que te cuente una pequeña historia. Una historia que de tan cierta que es quizá no sucedió. Es la historia de un hombre al que a veces creo conocer.

Ahora está sentado en la terraza de Can Rafalet, en Es Caló de Sant Agustí de Formentera. Es temprano y en su cara hay restos de arena de haber dormido en la playa. Toma un café americano con hielo y se lía un cigarrillo. Junto a él están sentados Dionisios y el Fauno. El LSD comenzó a subir otra vez y Todo estaba de vuelta, como hecho de extraños arabescos. Y sonó nuevamente aquella canción.

Observan el pequeño puerto, una miniatura. Una mínima expresión de roca, madera y mar. Casi de juguete. Un hombre sale a navegar en un llaüt, suelta la fluxa en el mismo puerto. Al fondo la playa aún en calma. Los italianos duermen.  Una niña juega con su perro. Un niño busca cangrejos con su hermano mayor. El mar está plato. De un azul que roza lo artificial.
Nuestro amigo está inquieto; hay una verdad que se le escapa, la tiene delante, le humedece los ojos, le aprieta el pecho pero no sabe encontrar las palabras.

Dionisios enciende el primer puro de la mañana, le mira fijamente a los ojos y le dice juguetonamente: “Escala humana”.

Claro, piensa nuestro amigo. “Escala humana”. Eso es. Es el concepto que buscaba. Se relaja y sorbe el café.

Dionisios toma un generoso bocado de pan con jamón con el puro entre los dedos y una sonrisa en el rostro.

El fauno añade: “Tamaño y proporción de un espacio medidos con respecto a las dimensiones estructurales y funcionales del cuerpo humano.”

Nuestro amigo sonríe, fuma y toma café. Y dentro de él estalla un pequeño torbellino emocional.  Si no hubiera olvidado cómo se llora de emoción, lo haría. La emoción que siente es la misma que sintió al ver Cinema Paradiso. En un arranque, tiene ganas de atrapar la belleza. Coge su teléfono móvil para torpemente hacer una foto de lo que está viendo. El fauno le mira y le dice: “la cámara del teléfono no es capaz de captar lo que sientes”.

Al dejar el teléfono junto al café, no puede evitar la tentación de echar una mirada rápida a las últimas noticias: Londres arde envuelto en revueltas, las bolsas se agitan alocadas. Y allí, en Formentera, los tres amigos saborean la eternidad. Y deján que la vida les acaricie mientras el mundo sigue girando sin que nadie sepa muy bien porqué.

 

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