La maldición del Peleas

 Marsella, 1952.

La ladera de Notre Dame de la Garde era empinada. Avelino apretó los dientes y subió con fuerza. Era el punto más alto de la ciudad, unos quinientos metros sobre el nivel del mar, llegó a la cima fatigado y sudoroso. Desde allí, el bullicioso nido de cucarachas parecía armónico. Ni siquiera se oían los gritos de los niños. Quiso subir allí nada más llegar a Marsella. Necesitaba coger perspectiva después de cinco años de durísimo exilio.

Miró el paisaje a su alrededor: el puerto con sus fábricas humeantes, pequeños veleros surcando la bahía, el faro, los campos de viñedos rodeando la ciudad, castillos, fortalezas, palacios y viejas murallas emergían como gemas entre el lodo gris. Localizó la estación de Saint Charles, por donde había entrado a la ciudad. Luego miró hacia el archipiélago de Frioul.

Allí se habían escuchado los bramidos del rinoceronte indio que hizo escala en un islote en el año 1516 cuando viajaba a bordo de una nao portuguesa que le transportaba desde Lisboa hasta Roma. Era un presente que el rey Manuel I de Portugal ofrecía al papa León X. Después de la escala en la isla de If, el animal reemprendió su viaje, pero la nao naufragó ante la costa de Liguria y nunca llegó a su destino.

“Maldita sea, yo sí que llegaré a mi destino”, dijo para sí mismo.

Contempló el horizonte detenidamente, sus ojos se posaron en el castillo que presidía la isla de If. Casi podía escuchar los lamentos de Edmond Dantès y el Abate Faria, encarcelaos injustamente, siglos atrás, por la cruel pluma de Dumas y Maquet. En su niñez, en el internado, había conocido al Conde Montecristo y ahora, como él, sería libre al fin.

Respiró algo de aire puro y entró en la basílica. Los mosaicos dorados de influencia bizantina le deslumbraron. No estaba acostumbrado a tanto brillo. La altura de la cúpula le sobrecogió. Más de treinta metros sobre su cabeza. El mármol rojo y blanco le daban un aire de mezquita. Deambuló por las naves y escondió una foto de sus tres hijos detrás de unos cirios. Poca fe le quedaba ya, pero pidió con todas sus fuerzas a la virgen dorada, la Bonne Mère, que presidía el templo, que le reuniera pronto con su familia. Acarició el reloj de su muñeca y pensó en su mujer.

Allí arriba, Avelino sentía que ya le tocaba un golpe de suerte. Desde el accidente, nada le salía bien en Francia. Todo el mundo hablaba de lo bien que estaban los españoles en América. Soñaba con ir a Argentina, reunir a su familia, recuperar tanto tiempo perdido. Había estado en el infierno varias veces. Si había cometido alguna falta grave en su vida, ya debería estar de sobra pagada.

Regresó al centro de la ciudad. Se apeó del tranvía en la Rue Vicent Leblanc. Pasó por delante de los bulliciosos almacenes La Samaritaine. Al cruzar un mercado callejero atiborrado de pescado, aceitunas, frutas y verduras, escuchó rugir su estómago. Llevó instintivamente su mano a la ingle izquierda, a través del bolsillo, para proteger todo el dinero que había ahorrado después de pasar estrecheces durante cinco años en Francia. Se adentró en el laberinto de callejuelas hediondas. Le costó mucho trabajo localizar la pensión Rocamadour. Estaba ubicada en la Rue des Mausvestits, una calle limítrofe con el área arrasada por la Wehrmarcht, casi diez años atrás. Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes demolieron las casas y cauterizaron con lanzallamas esa zona. “Hay que borrar hasta el nombre de esta ciudad purulenta”. La Gestapo y la Policía de Vichy contaron con el beneplácito de las autoridades locales que arrastraban varios siglos de ganas acumuladas de revancha contra los revoltosos sans-culottes.

Los planes nazis bascularon entre “Marsella no tiene cura a menos que se deporte a todos sus habitantes y reciba una transfusión de hombres del norte” y “Necesitamos gente capaz de crear riqueza y debemos deshacernos de la mitad de los habitantes de la ciudad”.

Como resultado, miles de personas, pescadores, niños, prostitutas y delincuentes fueron enviados a campos de concentración. Aquella limpieza infligió una herida infectada difícil de curar en las almas de los vecinos de Le Panier y todo el norte de Le Port-Vieux que sobrevivieron. La herida de sentir que sobras, que en el mundo no hay sitio para ti. Esa que te hace creer que eres sucio e indigno. Un despojo que no se merece el aire que respira. Basura que debe ser lanzada a un vertedero por salubridad. Una lacra que debe ser eliminada y extirpada para que la ciudad quede desinfectada.

Su habitación en Rocamadour era poco mejor que la fría celda de la cárcel palentina en la que sobrevivió dieciocho meses durante la guerra. Se tumbó en la cama, el somier chirrió y amenazó con romperse. Puso el jergón en el suelo, se tumbó y hojeó las páginas de un ejemplar de Le Provençal que alguien dejó en el retrete común del pasillo y que él había recogido para matar el tiempo. Miró la fecha, 3 de julio de 1952. Leyó con dificultad un artículo en francés titulado “Aquí, lejos del mundo” cuyo autor afirmaba que la proximidad de Marsella con Argelia había sumido aquella ciudad en la barbarie. Avelino sabía a esas alturas que toda Europa estaba sumida en la barbarie, independientemente de su proximidad con Argelia.

Sacó el estuche del falso bolsillo del pantalón, donde llevaba el dinero y sus papeles más íntimos. Lo abrió y miró una vez más la foto de su familia. No se perdonaba olvidar sus rostros. Consultó la hora en el reloj Omega y volvió a leer la dedicatoria grabada: “Dime lo que desea tu alma, y lo haré para ti”.

Las agujas marcaron las ocho en punto, era el momento de acudir a su cita. Salió de la pensión Rocamadour. Marsella de noche era como el fondo del mar que la rodeaba. Oscura e imprevisible. Criaturas que de día dormían en su cueva, salían al anochecer a vivir su vida. Argelinos con chilaba, militares borrachos, putas baratas, niños sin padres, viejos sin dientes. Después de perderse varias veces, consiguió llegar al área industrial próxima al puerto. Un fuerte olor a sosa cáustica emanaba de las fábricas de jabón. Pasó por delante de la factoría de cigarrillos de la familia Le Pen. Al girar la esquina, le sorprendió un edificio nuevo. Era la única cosa limpia que veía desde que llegó a la ciudad. La entrada olía a lejía. Se fijó en el cartel de la puerta. Estaba ante el edificio ambulatorio para duchar, examinar y despiojar a los inmigrantes que desembarcaban en el puerto. Decenas de ellos pasaban allí la cuarentena. Un fogonazo le hizo recordar la maldita cárcel de Palencia.

Al encarar la dársena del puerto se fijó en unos niños pescando en el rompeolas. Una ráfaga de mistral cálido le envolvió con una mezcla de olor a gasoil, salitre y pescado podrido. Era una noche cerrada y pegajosa de verano. Las maderas de los barcos crujían al ser balanceadas por las mansas aguas del puerto. Los muelles estaban tranquilos, solo había cierto movimiento en un pantalán lejano: Un viejo carguero tenía la bodega abierta. Iluminados por cuatro bombillas, una docena de hombres subían la carga. Hablaban en español con acento sudamericano. Avelino leyó el nombre del barco, La Joliette.

Un grupo de estibadores fumaba hachís en un escalón cercano a la cantina del puerto. En la puerta, una prostituta negra, muy delgada, encorvada y con moño, hacía guardia. Avelino le preguntó por Bablot. Ella le hizo un ademán con la cabeza, indicando el interior del bar. En las mesas había argelinos, franceses, italianos, marselleses, corsos, catalanes y africanos. Olía a meado.

Avelino pidió un vino en la barra y encendió un pitillo. El tabaco y el vino eran de las pocas alegrías que le ofrecía la vida. El tabaco anestesiaba su nariz para no percibir el olor de la podredumbre que le había rodeado tantas veces. Y el fuego del vino atenuaba los latigazos de la pena y el frío que se habían apoderado de su alma.

Trató de adivinar con la mirada quién era Bablot. Nunca se habían visto.

Un hombre fornido bajó las escaleras del restaurante. Su camiseta de tirantes estaba llena de manchas de grasa y sudor. Bajo los pelos y la mugre de su brazo derecho se intuía un ancla tatuada. Se acercó a la barra y le dijo a Avelino que Bablot le esperaba arriba.

Ambos subieron por las escaleras de la cantina. En la planta de arriba, un grupo de trabajadores de la Union Nautique Marsellaise fumaba en torno a los restos de una cena. Voceaban iluminados por una tenue bombilla que creaba una cortina con el humo de sus cigarrillos. Pasaron junto a ellos y se dirigieron a una mesa oculta en la penumbra. Bablot esperaba sentado, le ofreció a Avelino hacer lo propio. Sacó un cigarrillo de la caja de Gitannes y lo encendió con una cerilla que iluminó sus rasgos corsos salpicados de sudor. Era gordo, muy moreno. Las cicatrices de la viruela desfiguraban su cara.

– Argentina está muy lejos – dijo Bablot con la primera calada.

– Treinta y siete días, si la mar es generosa -contestó impasible Avelino.

– Muchos días para llevar una vida de cucaracha. – El corso tenía ganas de divertirse.

– Las cucarachas no pagan trecientos mil francos para embarcar, – contestó Avelino. El corso cambió el rostro y soltó:

– Si así fuera, Marsella sería la capital del mundo y yo su faraón. Porque si hay algo en Marsella que nos sobra son las cucarachas.– Rompió a reír y le sirvió un vaso de vino a Avelino. – ¡Por León Luccero¡ –brindó Bablot y ambos chocaron los vasos por quien les había puesto en contacto.

Intercambiaron dos sobres. De las manos de Avelino salió el dinero y de las del corso un documento que acreditaba al palentino como miembro de la Union Nautique Marselleise. Un trámite imprescindible para embarcar como tripulación desde el puerto de Marsella. Su pasaporte a Argentina.

La Joliette fue botada en 1916 con 4.479 toneladas. Era un vapor mono hélice, su maquinaria propulsora consistía en un motor de triple expansión que le proporcionaba una velocidad de servicio de catorce nudos. Luchó para los dos bandos de la Segunda Guerra Mundial y ahora pertenecía a la Compagnie Général Transatlantique d’Exportation. Trasladaba aceites, jabones, tejidos, vino y polizones hasta el puerto de Buenos Aires.

A las ocho de la mañana del 4 de julio de 1952, la Joliette iniciaba la maniobra de desatraque del puerto de Marsella. El barco se movió, Avelino cerró los ojos, apretó los puños y susurró al aire: “Por favor, por favor, que se acabe esta maldición”. Sus tareas en La Joliette eran las propias de mozo de máquinas: palear carbón. Acababa extenuado, pero aquella actividad intensa le ayudaba a quemar el miedo. Una pequeña esperanza asomó en su interior durante la travesía.

Falsa esperanza. Fue el primero en darse cuenta que las máquinas de la Joliette se pararon frente a las costas del Estrecho de Gibraltar. El motor se averió y, pese al calor, a Avelino se le heló el corazón.

Tras ocho horas de angustia entró la Guardia Civil en la sala de máquinas. Hasta que no sacaron a cubierta a Avelino pensaban que era un negro. Algo que a él le parecía estupendo, porque así no hurgarían sus antecedentes penales. Pero a la luz del día resultaba demasiado negro para ser negro. Y las autoridades españolas no tardaron en averiguar que sobre él pesaba una orden de busca y captura por bandolero y atracador de bancos.

Al día siguiente, Avelino Santos el Peleas yacía en el suelo del calabozo del cuartel de la Guardia Civil del Puerto de Santa María a la espera de ser entregado a las autoridades militares para ser juzgado. Tenía varias brechas en las cejas y un ojo hecho un desastre.

 

 

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