Nôtre Dame arde, Fulcanelli llora

Análisis Nôtre Dame | Palma. Mallorca

(Ver artículo original publicado en Diario de Mallorca)

El 15 de abril todos vimos en directo como Nôtre Dame de París sufría daños significativos a causa de un incendio; dos tercios del techado de madera fueron destruidos, la aguja central de Viollet-le-Duc cayó y las bóvedas cedieron. Las causas del fuego parecen deberse a un descuido durante las obras de restauración que se estaban realizando en el edificio (el asunto está bajo investigación de la fiscalía de París).

 

 

“Si la arquitectura es uno de los grandes libros de la Humanidad, Nôtre Dame es una enciclopedia”, dijo Ella y después me habló del “último alquimista”, Fulcanelli, y de su rara obra el “Misterio de las catedrales” (1929). Me contó que este tipo facilitó el código para descifrar los símbolos de la doctrina hermética que los canteros medievales grabaron en la piedra de Nôtre Dame y el resto de iglesias góticas. Y remató diciéndome que la identidad de Fulcanelli es una incógnita.

No se sabe quién hay detrás de ese pseudónimo, se sospecha que pueda ser su discípulo Eugène Canseliet o Julien Champagne, ilustrador de su obra, o quizá fuese un colectivo de masones herméticos. Sea quien sea el autor, dedicó “El misterio de las catedrales” a los “Hermanos de Heliópolis”, un guiño al Antiguo Egipto, cuna de la alquimia y de antiguos ritos ocultos. En su obra, señaló que algunas esculturas y el propio diseño de las catedrales constituían un compendio de los conocimientos de la alquimia medieval y que la catedral parisina era la sinfonía en piedra de la “Gran Obra del Arte Real”. Según este escurridizo y controvertido autor, los principios de la sabiduría hermética se encuentran en Nòtre Dame, bellamente expuestos, a la vista de todos, pero codificados con símbolos incomprensibles para los no iniciados.

Sea quién sea, Fulcanelli, al ver las imágenes del “Templo de Isis” de la Cité de París arder, con toda seguridad, rompió a llorar. Al igual que debió hacerlo nuestro Ramón Llull al ver la imagen de la Catedral de París recién terminada en su primer viaje a París en 1287. También debieron llorar Nicolás Flamel, Tomás de Aquino, Isaac Newton, Juana de Arco, Jacques de Molay, Napoleón Bonaparte… y Ella.

 

 

 

 

 

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